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61 Años del fallecimiento del Padre Daniel María López

Hoy 31 de julio se cumple el 69 aniversario del fallecimiento del Padre Daniel María López, un antioqueño que llego muy joven a Pensilvania, responsable de la fundación de varios corregimientos en el oriente de Caldas y del nacimiento de Samaná como municipio, el Padre Daniel María es recordado con gran cariño por estas comunidades y reconocido como el sacerdote mas importante en la historia del Oriente de Caldas.

A continuación, reproducimos un artículo en el que se resume su vida y obra:

PBRO. DANIEL MARIA LOPEZ

Definitivamente el sacerdote que más honda huella dejó no solamente entre la comunidad samaneña sino en todo el oriente de Caldas. Su nombre está ligado a la historia misma de Samaná. No solo porque aquí celebró su primera misa sino porque, como lo vimos en el capítulo correspondiente a la creación del municipio,  fue el artífice de que este hecho se produjera. En su momento fue él quien logró, gracias a su amistad con el político Antonio José Restrepo, que el entonces corregimiento de San Agustín fuera erigido por el general Rafael Reyes como nuevo municipio colombiano. Aunque nació en el municipio antioqueño de La Ceja el 17 de enero de 1865, pasó casi la totalidad de su vida en el oriente de Caldas, sirviendo a la comunidad campesina. Es el sacerdote de mayor recordación. Sobre todo porque entregó su vida al servicio de los demás, desarrollando un verdadero apostolado en las parroquias donde ejerció su ministerio sacerdotal. Muchas personas que lo conocieron no dudan en calificarlo de Santo. Su entrega a las causas cristianas, su celo pastoral, sus acendradas virtudes religiosas y su capacidad de trabajo lo convirtieron en un  sacerdote acatado por su grey.

El padre Daniel María López nació en el seno de una familia campesina en la vereda Pantanillo del municipio de La Ceja. Hijo de Clemente López y María Lina Rodríguez, a temprana edad sintió en su espiritu el llamado de Dios, sintiéndose atraído por la vocación sacerdotal. Cuando apenas tiene siete años de edad sus padres se trasladan a vivir a Pensilvania, atraídos por las posibilidades de conseguir un pedazo de tierra propio que les brinda la colonización anrioqueña. Pero a los pocos años se trasladan a una vereda del que años más tarde se llamaría corregimiento de San Agustín. En Pensilvania la familia se instaló “en la parte nordeste del caserío, a tres cuadras de la primera capilla, exactamente en donde hoy está la capilla del soberbio edificio del Colegio Nacional de Oriente”. Allí Don Clemente instaló un pequeño taller de cerrajería. El niño Daniel María, una vez salía de la escuela, le ayudaba en las labores de la fragua. Doña María Lina, mientras tanto, se dedicaba a las labores del hogar y, en los ratos libres, aprovechaba para remendar la ropa que le traían los vecinos. Así transcurrieron los primeros años de la familia en tierras del oriente caldense.

En el libro “Vida de un apóstol desconocido”, una extensa biografía sobre el padre Daniel María López escrita por el Hermano Cristiano Estanislao Luis, se dice que de joven al sacerdote que años después recorrió todo el oriente predicando la palabra divina le tocaba salir semanalmente hasta Pensilvania para vender las herraduras y demás herramientas agrícolas que su padre fabricaba en la pequeña fragua. Sin embargo, no demostraba mucho interés por el trabajo en el taller de su padre. Tampoco por las labores agrícolas. Pero sí demostraba una rara predilección por la aventuras de la selva. Le encantaba la caza, la pesca, la cauchería y el laboreo de las minas. Su deporte preferido era nadar. Posiblemente en el ejercicio de estas actividades encontró el aliciente para recorrer, a pie, todo el oriente de Caldas. Así lo dice su biógrafo: “Recorrió trochas intransitables: las tierras del Tenerife, La Miel, el río Moro, sin más brújula que su ingenio, sin más recursos que su cuchillo de monte y sin más compañía que otros aventureros de la comarca, jóvenes como él y esforzados luchadores contra las dificultades de la selva”. 

El 12 de enero de 1886 fue un día grande en la vida del joven Daniel María López. Faltándole apenas cinco días para cumplir los 21 años de edad se le hizo realidad el sueño de ingresar al seminario. Como la familia no contaba con los recursos económicos para costearle los estudios un señor de nombre Gonzalo Correa, enterado de los deseos del muchacho por ingresar a la vida sacerdotal, le consiguió una beca para estudiar en el seminario de Medellín. “Desde su ingreso llamó la atención de los superiores y profesores la viveza de su ingenio, la claridad de su inteligencia, la seriedad y consagración a los estudios y, más que todo, su espíritu profundamente sencillo y piadoso”, dice el Hermano Estanislao Luis en su libro. Durante los diez años que permaneció en el seminario demostró que su vocación sacerdotal era bastante arraigada. Ni siquiera en los momentos más difíciles, cuando la familia pensaba que no podía seguir adelante con sus estudios, flaqueó en su intención de hacerse sacerdote. Cuando llegaba los fines de año a pasar vacaciones aprovechaba para trabajar en la fragua de su padre,  y con el dinero que ganaba con la venta de algunos artículos se sostenía durante algunos meses mientras la familia buscaba recursos para comprarle lo que necesitaba en el seminario.

Ordenado sacerdote el 8 de noviembre de 1896 por Monseñor Joaquín Pardo Vergara, Obispo de la Diócesis de Medellín, es enviado a San Agustín para que descansara  durante algunos meses después de las agotadoras jornadas de estudio que le minaron un poco la salud. Después de la celebración de su primera misa aprovecha para colaborarle al padre José Antonio Restrepo en las labores de la iglesia. Así empieza a tener contacto con las gentes humildes, con los campesinos desposeídos, con las señoras creyentes. Pronto empieza  a demostrar su capacidad de liderazgo. Diez meses después, el 1 de septiembre de 1897, es nombrado Vicario Cooperador de la parroquia de Pensilvania, a órdenes del sacerdote Rafael Amador Ramírez. Empieza entonces a recorrer toda la zona rural de la parroquia. Y en cada vereda conquista corazones para su causa, ayuda a construir puentes, abre caminos a punta de machete, enseña la doctrina cristiana. Muchas veces es comisionado por el párroco para que visite la viceparroquia de San Agustín a fin de colaborarle al Cura Interino en sus labores.

La abnegada labor sacerdotal del padre Daniel María López empezó a sentirse en toda la zona de influencia de la parroquia de Pensilvania. Su biógrafo dice que “no hubo lugar, por apartado y de difícil acceso que fuera, que no recibiese la visita paternal del joven levita”. Luego agrega: “Con su ingenio admirable, buscaba  el sitio más adecuado  para organizar una capilla de ocasión. El limpio corredor de casita humilde servía de presbiterio y allí ofrecía el santo sacrificio de la misa. Otras veces oficiaba al pie de un árbol,  o sobre una roca, o en una manga cualquiera”. Así logró llevar el mensaje de los evangelios hasta las más apartadas veredas. Después de diez años de cuidadoso celo pastoral en Pensilvania es nombrado vicepárroco de San Agustín. Llega entonces precedido de gran fama como organizador. Incansable caminante, durante los ocho años que permanece al frente de los destinos espirituales del poblado aprovecha para desplazarse constantemente hasta las más apartadas veredas. Los campesinos lo miran con respeto. Ven en su figura la imagen de un hombre bondadoso que inspira admiración.

El padre Daniel María López llevó una existencia sencilla. Como los sacerdotes de su época, nunca aspiro a concentrar riqueza en sus manos. Todo lo entregaba al servicio del culto divino y, en ocasiones, a la solución de las necesidades más apremiantes de las familias de escasos recursos económicos. En cada poblado dejó una estela de humildad. Su sótana a veces raída, descolorida por el uso, daba la sensación de que se preocupaba poco por gastar los dineros de la iglesia en cosas materiales. Una anécdota que relata el padre Gabriel Henao Betancourth en su libro “El renacer de las cenizas” lo retrata de pies a cabeza. Dice el sacerdote que un día cualquiera, en la década del cuarenta, apareció el padre Daniel María en la Casa Cural de Samaná. Allí pernoctó. Viendo el pésimo estado de su sótana, lo desgastada que estaba, el padre Henao le obsequió una que acababa de comprar. El padre Daniel María no la quería recibir. Argumentaba que ya la gente estaba enseñada a verlo con su sotanita tradicional. Ante la insistencia del padre Henao aceptó el regalo. Como le quedaba un poco grande hubo que arreglarla. Vestido así, con una sótana casi nueva, reluciente su color, el padre Daniel María se veía más elegante.

La leyendas que en todo el oriente de Caldas se tejieron sobre el padre Daniel María López se han ído acrecentando a través del tiempo. La gente dice que ha hecho milagros. En Pensilvania, Samaná, Florencia, Berlín y San Diego se cuentan historias que uno escucha asombrado. Se dice que cuando llegó al corregimiento de Florencia se encontró, una tarde, con un grupo de campesinos que intentaban mover una roca inmensa; todos los enviones que hacían eran fallidos. Entonces llegó el sacerdote y, empujándola con sus dos manos, logró moverla. Desde ese día las leyendas sobre sus poderes fueron aumentando. Durante los 15 años que ejerció como párroco de Pensilvania, (1917-1932), dio muestras no solo de desprendimiento de las cosas terrenales sino de sus poderes. En el libro que nos ha servido de guía para escribir esta reseña biográfica se narran hechos como el siguiente: un día llegó al despacho parroquial un humilde campesino para decirle que un animal se estaba comiendo sus gallinitas; el padre le contestó que se fuera tranquilo para su parcela que eso no volvería a ocurrir. Cuando el campesino llegó a su morada encontró el animal tirado en el patio, desfalleciente. Minutos después murió.

Otra leyenda que ha hecho carrera sobre los poderes del padre Daniel María López es ésta: un día se encontró por caminos de Pensilvania a un hombre que arriaba una mula cargada de aguardiente; el sacerdote le dijo que no le hiciera ese mal a la gente llevándoles trago para emborracharlos. El hombre le contestó que no se metiera en sus negocios. Entonces el padre Daniel María le dijo: “Si no sigue mi consejo usted no llegara con esa carga a Pensilvania”. Efectivamente, unos kilómetros más adelante la mula rodó  por una pendiente. Su carga se destruyó totalmente. Aquí hay que decir que durante toda su vida el padre Daniel María López condenó el consumo de aguardiente. Lo mismo hizo con el baile y los juegos de azar. Se cuenta que otro expendedor de aguardiente que no atendía las sugerencias  del sacerdote organizó un viaje a San Agustín para traer el producto; ocho días antes se le quemó la casa, y el día anterior al viaje se le murieron los bueyes. Fue tanto el temor que las maldiciones del padre Daniel María despertaban que llegó un momento en que nadie se atrevió a contradecir sus palabras.

Al corregimiento de San Diego llegó en 1932. Fue allí donde su aura de santidad cogió más fuerza. Sacerdote entregado por completo a la salvación de las almas, condujo al pequeño caserío por senderos de progreso. Los feligreses veían en él la personificación de la bondad. Fue tanta la fe que su apostolado despertó que en ocasiones la gente le reconoció poderes de ubicuidad. En efecto, varios vecinos de esa población narran historias donde se pone de presente este poder del sacerdote. Por ejemplo, una noche llegó desesperado un campesino para pedirle que asistiera a su señora madre que estaba agonizante en una vereda cercana. El sacerdote le dijo que se fuera adelante que él ya lo alcanzaba. El hombre avanzaba por el camino sin que el levita apareciera. De repente llegó a la casa; cuando le dijo a los que allí estaban que el padre estaba por llegar ellos le respondieron: “El padrecito ya vino. Acaba de irse”. Hechos de esta naturaleza son frecuentes. El hermano Estanislao Luis narra en su libro varios por el estilo. Se los contaron los pobladores cuando visitó a San Diego en la década del cuarenta.

El padre Daniel María López murió en San Diego el 31 de julio de 1952, un jueves, víspera de un primer viernes. Desde entonces su leyenda crece cada día. Muchos aseguran que ha hecho milagros. Un campesino le narró al Hermano Florencio Rafael la siguiente anécdota: llegó un día a la Casa Cural para avisarle al padre que unos ladrones estaban azotando su sementera; el sacerdote le contestó que se fuera tranquilo, que él se encargaba de coger a los ladrones. Confiado en la palabra del padre Daniel María el hombre se regresa a su parcela. Al visitar la sementera encuentra, estático,  a un hombre que no mueve siquiera los párpados; llevaba en el hombro un racimo de plátanos. El campesino, sorprendido, le dice: “Usté es el ladrón que está acabando con mi sementera. Váyase de aquí”. Entonces el intruso emprendió veloz carrera, perdiéndose entre el follaje. Nunca volvió  por esos lares. Muchas historias de este tipo narran los habitantes de San Diego. Ciertas o no, demuestran en todo caso la fe que en él tenían. Definitivamente el padre Daniel María López sembró entre la gente los principios cristianos.

Por todos los caminos del oriente caldense vieron al padre Daniel María con su sotana envejecida por el uso, a veces un machete al cinto, sombrero aguadeño en la cabeza, visitando hogares campesinos. Todos le contaban sus problemas, sus necesidades, sus angustías. Y el sacerdote, que nada tenía para él, ayudaba en lo que podía. Se dice que cuando veía necesidades en algunos hogares pobres dejaba, en las noches, sin que nadie lo viera, algunas monedas debajo del portón. Al día siguiente, cuando encontraban el dinero, la gente adivinada que era obra del sacerdote. No hubo lugar donde no se posara la planta del levita. Su biógrafo, el Hermano Cristiano Estanislao Luis, dice al respecto: “Los ríos caudalosos y tormentosos hallados a su paso no eran óbice para sus esfuerzos. Además de ágil y fuerte caminante era un excelente nadador. Para él era lo mismo atravesar los ríos por un puente improvisado que cortar sus embravecidas ondas braceándolas con destreza”. Los pueblos donde el padre Daniel María López predicó la palabra hoy lo veneran. Y le rinden testimonio de admiración colocándole su nombre a diversas obras públicas. Murió en olor de santidad.

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